
Me abro paso en los pastizales de la inmensa dehesa del mundo, en busca del toro.
Sigo ríos sin nombre, perdido en las intrincadas veredas de montañas remotas.
Mi fuerza decae y mi energía se ha agotado, pero aún no puedo encontrar al toro.
Tan sólo oigo el canto de las cigarras en la espesura, cuando anochece.
El toro no está perdido. ¿Porqué buscarlo? El alejarme de mi naturaleza verdadera es lo que me impide hallarlo. ¿Qué necesidad hay de buscar? En la confusión de los sentidos, ni siquiera puedo seguir su rastro. Estoy lejos de casa, y aunque encuentro múltiples encrucijadas, no sé distinguir el camino correcto.
Estoy atrapado entre la ambición y el miedo, entre lo bueno y lo malo.

¡He descubierto huellas a lo largo de la rivera, bajo- los árboles!
Aún en la hierba fresca, puedo ver sus pisadas.
Puedo verlas en la profundidad de bosques remotos.
Ya no pueden permanecer ocultas: son como la nariz de un hombre que mira al cielo.
Cuando se ha entendido la enseñanza, las huellas del toro aparecen. Entonces comprendo que, así como un solo metal da su substancia a utensilios diversos, todas las entidades existentes están formadas por la misma substancia, que es el ser. Sin embargo, yo aún debo discriminar: es esto y es aquello. De otra forma, ¿cómo podría distinguir lo verdadero de lo no verdadero?
Aún no he cruzado la puerta, pero ya he descubierto el sendero.

Oigo la canción del ruiseñor.
La mañana es tibia, el viento suave, los sauces verdean a lo largo de los bancos…
¡El toro no puede esconderse aquí!
¿Qué artista puede hacer justicia a esa cabeza magnífica, a esos cuernos majestuosos?
Cuando se percibe el la voz, se siente su fuente. Cuanto los seis sentidos convergen, el umbral es trascendido. Cuando la entrada queda atrás, ¡la cabeza del toro está en todas partes!
Esta identidad es como la de la sal en el agua, como la del color en la tinta. La menor de las entidades también es una con el ser.
Lo someto con un esfuerzo tremendo.
Su voluntad y su fuerza son inagotables.
Acomete hacia la meseta, muy por arriba de la neblina,
o se planta en un barranco impenetrable.
Vagó por largo rato en el bosque; hoy lo he atrapado. La fascinación por el paisaje distorsiona su orientación. Buscando pastos más dulces, divaga y se pierde. Su mente aún es testaruda y desbocada. Para dominarlo, tendré que levantar mi látigo.
El látigo y la soga son necesarios.
De otra manera, se perdería por los caminos polvorientos.
Bien entrenado, su corazón se vuelve dócil.
Entonces, aún sin el grillete, obedecerá a su amo.
Cada pensamiento viene seguido por otro pensamiento. Cuando el primero está iluminado, los subsecuentes son verdaderos. Es el autoengaño el que crea la falsedad en el mundo. Las ilusiones no vienen de la razón, sino de la inconstancia.
Sujeta el anillo de su nariz, y no permitas siquiera una duda.